Odette... ¡Odette!
Cuando me necesitaba sabía donde encontrarme y siempre me llamaba de lejos porqué nunca percibo que viene, o eso es lo que cree. Me encanta hacerme la tonta, me encanta observar de lejos a la persona con la que he quedado y al ver que se acerca girar la cara hacia otro sitio esperando que me vea y hacer como que me sorprende que esté ahí. Nunca he podido entender porqué me gusta hacer eso... será que así soy la pequeña protagonista de una historia recién empezada.
Como siempre, esperaba durante todo el día para poder verle, podía esperar días o meses... pero cuando nuestro pequeño momento llegaba no había espacio en mi pecho para aguantar tanta ilusión reunida. Me encantaba, me hacía sentir feliz y a gusto con un cuerpo lleno de retazos que había aprendido a coser forzosamente después de cada momento en el que mis costuras se habían roto. Es lo que tienen las muñecas de trapo. Somos blandas y suaves, y es facil que se duerman abrazadas a nuestro cuerpo... tanto como que de tanto jugar, se nos rompe alguna que otra costura... ya bien para demostrar que todo puede coserse con el paso del tiempo o para ser la clara evidencia de que es muy facil romper los hilos que nos componen si tiran del adecuado.
Siempre paseo, siempre mirada con sonrisa y siempre burla del mundo que nos rodea. Con una muñeca de trapo se puede ser natural, somos sencillas, recias y las mejores compañeras de aventura... no tienes que peinar nuestro pelo ni maquillarnos con brillantina, no necesitamos maquillaje, somos bellas tal y como somos, desprendemos una ternura que el plastico frío no conseguirá nunca y por supuesto, no hay donde no te sientas cómodo. Resistimos lágrimas, abrazos, viajes, grandes momentos y si caemos al suelo, nos levantaremos sin rasguños. No hace falta ponernos en una urna de cristal ni pensar en nuestra fragilidad... porqué no somos frágiles, somos delicadas, nuestra delicadez depende de los hilos de historias que salen de las personas con las que dormimos. Nos hacen sus consejeras, su caja de secretos y sueños personales...
Pero él siempre hablaba de las muñecas de plástico, de esas preciosas muñecas de mil formas y colores, que podían tener el pelo suave y largo, unos ojos que parpadeaban en su inmenso mar de color, unos labios preciosos y que siempre sonreían. Se podían mantener de pié y todas las niñas soñaban con ellas... se podían mojar, podían dejarse al sol y podían cambiarse de ropa. ¿Quién quería trapo teniendo todo aquello?
Después de jugar y pasarlo bien, como todas las tardes, volvía al mundo de plástico y me dejaba en mi sitio, mi pequeño lugar donde una muñeca de trapo debía estar. Siempre a mano, siempre disponible y siempre en soledad esperando a que volviesen a jugar conmigo. Pero dejaron de jugar, y luego jugaron otros, y me convertí en uno de sus mejores momentos secretos... así que poco a poco entendí que a diferencia de otros juguetes... no tenía complementos porqué a mi me hicieron a mano. No existían los muñecos de trapo y los osos eran demasiado despiadados. Así que me senté a esperar, dejando que el viento que entraba por la ventana moviese mi pelo hecho de lana. Mi sonrisa medio desilachada y las costuras tensas que de tanto ser forzadas se habían desprendido unas de otras.
Y justo en el momento en que pensé que no había hilo ni aguja para tanta tela rota, comprendí que podía resistir, que seguro que había unas manos suficientemente hábiles para coser, porqué a diferencia de las muñecas de plástico, vacías por dentro, todo mi interior era suave y capaz de resistir el paso del tiempo. Al menos podía conformarme con el juego ajeno y tener esperanza en que fuese un juego que quisieran llevar consigo... o no. Cuántas veces se habrá vivido de los restos de un castillo que nunca se construyó...
¿Quieres jugar conmigo? Yo nunca digo nada, tengo la boca cosida.
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Hace 21 horas